Se dice que cuando Hernán Cortés volvió a España y Carlos V le preguntó cómo era la Nueva España, arrugó un papel sobre la mesa: así explicó un territorio hecho de sierras interminables. Para los zapotecos de los Valles Centrales de Oaxaca esa orografía es el origen mismo: se llaman Ben'Zaa, pueblo de las nubes, y cuentan que nacieron de las entrañas de la tierra, de las cuevas, de las cumbres y del cielo profundo.
Esa relación con la tierra también ordena la vida en comunidad, y se vuelve más visible cuando alguien muere. En San Jerónimo Tlacochahuaya el duelo dura tres días y no se apresura: cuando murió Mónica, las puertas de la casa quedaron abiertas de día y de noche, y el pueblo llegó por su cuenta a cocinar, a barrer, a cargar sillas y mesas, y a guiar a una familia que llevaba años fuera por unos ritos que ya casi no recordaba. "Muere el sol en los montes" dice la primera estrofa de la pieza "Dios nunca muere" que, interpretada por la banda del pueblo, guio a la procesión final.
De esta despedida nace esta obra, para que nosotros, como artistas migrantes radicados en Alemania, bordemos el hilo de la memoria. Empieza con la quietud de los preparativos: sillas vacías, pollos sin cocinar, un patio sin nadie, presencia en la ausencia. Después llega la gente: la procesión, el cuerpo, el pueblo entero acompañando. Un retrato bordado de Mónica y un paisaje bordado de la sierra, importante para quienes viven en estos valles, llevan los patrones e hilos tradicionales de los Valles Centrales, e hilos que caen hasta un modelo orográfico de la región, enrollándose justo en el lugar donde quedó su casa.